jueves, 22 de abril de 2010

Sueño II

Y ella se fue... de rodillas yo le suplicaba que se quedara conmigo, que estuviera a mi lado, pero ya no voltearía hacia atrás. Simplemente continuaría avanzando, sin que alguien la llevara, ni nadie que la detuviera.

Mientras yo me arrastraba detrás de ella, esperando que se compadeciera de mi arrepentimiento, observaba cómo el pavimento negro de la calle se rompía, los árboles en la banqueta se secaban, mientras un viento helado se llevaba sus hojas. Ese mismo aire congelaba las flores, dejándoles conservar su color pero matándolas en el acto. Una niebla espesa nos cubría a las plantas agonizantes y a mí, y el cielo se ennegrecía, dejando una mancha gris borrosa en donde alguna vez estuvo el sol.

Y las ruinas de la ciudad se empapaban de una humedad fría, mientras un rayo provocaba estruendo y anunciaba una llovizna. Yo le volví a suplicar que volteara y que me mirara al menos por una última vez, para que la locura no me hiciera olvidar su rostro, pero es como si fuera un fantasma en todo aquel suelo húmedo e inundado. Más árboles perdían sus hojas, mientras la calle se convertía en un lago cristalino, y el agua me cubría la mitad del cuerpo. Levanté la cara y murmuré su nombre, sabiendo que ella no lo podría oir. Ya casi no la podía ver, las lágrimas me impedían enfocar su blanca vestimenta, pero podía distinguir un cuervo negro que buscaba desesperadamente la manera de protegerse de la lluvia.

Finalmente desapareció detrás de aquel árbol gris. El suelo que me sostenía se quebraba, y yo me sumergía en aquel agujero que se formaba con el agua y las rocas a mi alrededor. No saldría, y ella no me tendería su blanca mano para evitar que más me hundiera. Y después de todo eso, faltaba lo peor... yo aún estaba vivo